Creo que no voy a añadir nada nuevo a las completas explicaciones que habéis dado. En mí, de pequeño, los "Pegasos de las pastelerías" no
despertaron mucho interés, quizá por su omnipresencia: me gustaba ir éstos establecimientos a que mi madre me comprase un pastel, cuanto
más grande mejor, pero nunca me "encapriché" de ningún modelo. Por aquel entonces era muy tajante en lo que a juguetes se refiere: los
metálicos (Mira, Joal, Pilen...) para las "grandes ocasiones" (cumpleaños, fin de curso, Navidad...) y las "baratijas de peseta" para el día a día.
De las "baratijas" mis preferidas eran las de VAM, porque solían tener un nivel algo más alto que las demás (tal vez por eso la empresa solía
"firmarlas" en el chasis, algo poco común en este tipo de empresas) y, además, las hacían en Zaragoza.
Para mí, estos Pegasos eran algo pretenciosos para ser un juguete humilde y un poco simples para ser un juguete caro... con los años he
aprendido, igual aquí que en otras cosas, que muchas veces en el término medio está la virtud. Por esto último, y porque también en la mayoría
de las ocasiones cuando ya no tienes algo al alcance de la mano es cuando lo echas en falta, comencé a interesarme por ellos cuando ya era más
difícil conseguirlos. El primero que cayó en mis manos fue éste:
Lo compré en una tienda especializada en juguetes de colección en 1996 y todavía conserva los caramelos dentro. Después la colección ha ido
aumentando (no mucho, visto el precio que alcanzan no ya las unidades de "kilómetro cero" sino también las "usadas"):
El de CAMPSA aún tiene la cisterna llena de anisetes, está visto que a sus anteriores propietarios lo que les interesaba de verdad era el camión, no el contenido.
Las cosas no las valoramos lo suficiente hasta que no podemos disponer fácilmente de ellas.